viernes, 22 de agosto de 2008

La elegancia del erizo

Yo también me quedé algo sorprendido al leer el título cuando rompí el papel de regalo. Espero que no lo tengas, oí que decía al otro lado de la mesita del bar mi amiga Cande. Al hacer un regalo se mueve uno entre la incertidumbre del haber acertado y la esperanza de la sorpresa y es en ese momento, el de abrir con un cuidado inexplicable el colorido envoltorio, cuando se contiene por un momento la respiración. La elegancia del erizo, leo en voz alta con una sonrisa en los labios porque realmente no lo tengo en mi colección y porque es un magnífico ejemplar de Seix Barral en cubierta flexible. Normalmente compro libros en edición de bolsillo porque son más económicos, de modo que cuando cae en mis manos una edición buena, que suele ser en cumpleaños y Navidades, se me ponen ojillos anticipando el placer de la lectura. Son como bombones que son especiales no porque estén sólo buenos, que lo están, sino porque son algo raro y extraordinario que escapa a la rutina diaria.

Así que me detengo un momento a sentir el tacto y el olor a celulosa que sólo tienen los libros recién salidos de imprenta antes de pasarlo con la delicadeza de un bien rompible al resto de invitados, que desde hace rato no disimulan su curiosidad con sendos estiramientos de cuello. Es curioso el interés que despierta el regalo que no ha recibido uno mismo. Y si es un libro más. Nace como un irrefrenable deseo de cogerlo y manosearlo, se mira la portada, el lomo, la contraportada, se mira desde todas las perspectivas y ángulos posibles como si se estuviera calculando la valía de una gema preciosa. Y así pasa de mano en mano sin que nadie mire donde realmente tendría que hacerlo que es dentro del libro.

En fin. Decía que me quedé algo sorprendido por el título, La elegancia del erizo, y por otra parte desconcertado porque no sabía a bote pronto si Muriel Barbery, que es el nombre de la autora, podía corresponder a un nombre inglés o francés. Y no es que suponga una gran diferencia para mí; es sólo curiosidad. Esto es lo que tiene la ignorancia, pues ahora ya sé que se trata de una autora que al parecer está causando furor en Francia. Pues volviendo a lo del título: están los que hablan del personaje principal, como Ana Karenina (que mucho tiene que ver con esta novela) o Judas el oscuro; están los que resumen en una metáfora el trasfondo del argumento, como La soledad del corredor de fondo o Tiempos difíciles; están los que anticipan el género, como Cartas marruecas o Diario de Anna Frank; y después están los que parecen un enigma pero que, en un momento de la lectura, uno se da cuenta de haber hallado una explicación, tan clara y sencilla, que uno se pregunta cómo no pudo haberla intuido desde el primer momento en que vio la portada. Es lo que sucede con Matando dinosaurios con tirachinas, con Kif kif demain, y también aquí con La elegancia del erizo.

A pesar de que los diarios no son un género de mi predilección, no son my cup of tea como dicen los ingleses, en este caso haremos una excepción. Primero, porque no se trata de un diario, sino de dos, que corresponden a Renée, portera de un edificio de ricos, y a Paloma, adolescente hija de uno de los inquilinos. Partiendo de esta originalidad, las entradas de ambos diarios se intercalan para ofrecer el modo de ver la vida de sus escritoras, que a pesar de ser tan diversas, comparten muchas ideas e intereses. Porque Renée no es una portera al uso, como se esfuerza por hacer ver a los demás, sino una autodidacta con un refinado gusto por la cultura y el Arte con mayúscula. Por su parte, Paloma tampoco se ajusta a las veleidades de una doceañera cualquiera. Tiene una inteligencia tan impropia de su edad que, aun sabiendo que se trata de una licencia de la autora, a menudo le resta verosimilitud a la obra, lo cual, junto a un final algo sorprendente y rebuscado, constituyen, en mi opinión, las dos debilidades del libro.

Lo demás son reflexiones de naturaleza varia, generalmente centradas en la belleza de las pequeñas cosas, que se dejan leer amablemente y nos recuerdan la belleza a menudo desapercibida de la vida cotidiana. Los comentarios irónicos y humorísticos y la gracia en la descripción de ciertas escenas consiguen las más de las veces poner una sonrisa en los labios del que lee:
-Guau, caray... -dice Manuela.
Una onomatopeya y una expresión tan coloquial en boca de Manuela, a la que nunca he oído pronunciar una palabra trivial, viene a ser como si el Papa, olvidando quién es, espetara a los cardenales: Pero ¿dónde estará esta cochina mitra?
Mención especial requiere la traductora, cuyo nombre, Isabel González-Gallarza, quiero celebrar aquí mismo por haber logrado una fluidez imposible aun en los términos coloquiales más disparatados que salpican toda la novela. Muy bien hecho.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Muchas gracias por tu felicitación! Desde luego, fue una traducción muy difícil... Pero mereció la pena el esfuerzo, la novela lo vale.
Isabel